Sabía que no iba a tardar mucho tiempo en conocer a otro latinoamericano o caribeño en Madrid. Habían pasado sólo dos días desde mi llegada y ya alguien me estaba preguntando de dónde era. Así como que interrogando el color de mi piel. Mi manera de hablar.
-De Santo Domingo, le contesté entre dientes. Sus ojos me decían que me había comprendido. Y yo ya la tuteaba porque sabía a dónde iba con sus preguntas. - ¿Y tú?
-Del Cibao, me respondió con aquel acento dominicano que no había oído desde que partí de casa. Toda sonriente. Así como sí estuviera feliz de haber encontrado a un amigo perdido hace años. Parecía como que quería darme un abrazo. Una Bienvenida. Bienvenido compañero, quieres tomarte un cafecito o un jugo, me hubiera dicho. Sólo que ésta vez éramos desconocidos. Unidos por un mismo país fuera de nuestro alcance. Lejos en el Caribe.

Nos tratamos como conocidos. Así como dos amigos que se han encontrado por casualidad. Porque aquello era casualidad de la vida. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay, Dios! hubiera dicho Rubén Blades.
-Mire, ese ahí es mi paisano le dijo a su compañera de trabajo.
Ella me sonrió
Los tres nos reímos.

Andaba con otros compañeros del programa de Middlebury College aquí en Madrid tomando un cafecito en Jamaica. Mientras ellos hablaban castellano, agrupados en una mesa disfrutando su café, yo me encontraba hablando dominicano con los que hubieran parecido viejos amigos. El frío, que afuera hacia lo había matado el calor de nuestra conversación.
-¿Quieres ir a bailar en alguna discoteca dominicana? Hasta asopao dan al final de la noche.
(risas)
-¿Cuándo? Le pregunté mecánicamente como si respondiéndole que sí.
-Cuando quieras.
-Vale. Esa fue la unica frase madrilena dicha en toda la conversacion.

Los chicos estaban casi yéndose. Tuve que despedirme. –Nos vemos. Prometo pasar otra vez. Sabía que algo se me había olvidado.
-¿Cómo te llamas?
-Me puedes llamar, Manuela o Isabel.
-¿Por qué los dos nombres? Le pregunté como que sí algo raro tenia que a ella le llamaran por diferentes nombres diferentes personas. Me parecía que estaba mintiendo. Acordándose de sus padres cuando le decían que no hablara con desconocidos. Y ese desconocido era yo. Claro que no me iba a decir su verdadero nombre.
-Porque todo dominicano tiene un apodo. Me dicen Manuela porque mi padre se llama Manuel. Isabel es mi verdadero nombre.
Le sonreí.
Ya me estaba despidiendo. Feliz porque no me había mentido.
-¿Y tú?
-Amaury. Ningún apodo le dije. Simplemente Amaury. Nada más y nada menos.
-Espero verte.
-Hasta luego.

Nos despedimos como con planes de encontrarnos el próximo día. Como amigos viejos y una vez perdidos.
Así como paisanos y compatriotas.
Lejos de lo nuestro.
Siempre extrañándolo.

Cuando los chicos me preguntaron que con quien hablaba les respondi:
pues,
con una vieja amiga.